SAUDADE Y MORRIÑA (horchata magazine)

La humedad del Mediterráneo calaba hasta los huesos y aun así (o quizá por ese motivo) mis pies fríos y yo le pedimos ver el océano.
H condujo toda la noche y lo primero que vi al despertar no fue el Atlántico, sino un enorme Rio Tajo, que aquí llaman Tejo.
Creo que esta ciudad tiene una luz única que te encandila, truene o haga sol, siempre quieres volver a sus siete colinas. Y a escuchar fado.

“Ó mar salgado, quanto do teu sal são lágrimas de Portugal!” (Oh mar salado, cuánto de tu sal son lágrimas de Portugal!) Pessoa.

Fuimos a la playa de Peniche, donde un inmenso océano me esperaba para darme la bienvenida, por primera vez. En él he encontrado algo inquietante, la melancolía y la nostalgia que tanto nos gusta sentir a lxs de mi generación, con una sacudida de incertidumbre y miedos proyectados. Este mar nunca está en calma.
En Baleal hay unas olas hipnóticas y yo no puedo hacer más que sentarme a verlas romper contra las rocas, dejar que el viento y las gotas me salpiquen y me hagan creer que formo parte de la magia.

Y seguimos con el coche hacia el norte, en busca de ese frío que despeja mentes y congela caras. Desde el acantilado donde se encuentra el Farol da Nazaré se han visto olas de 30 metros con algún valiente suicida cabalgando en ellas. H y yo vemos un farito rojo propio de una película y de un director que no nombraré porque todos sabemos quien es.
No hace falta tampoco que cuente que nuestra dieta se compone de Superbocks y pescado, que nos alojamos en cabañas de madera rodeados de árboles en campings desiertos y que mi outfit es más propio de un pescador que de una “turista” (gorro rojo a lo Zissou, botas de agua y chubasquero). Y pongo comillas en turista porque no he venido a hacer turismo, he venido para sentir saudade al volver a casa. Y morriña, que no es lo mismo.

Se suceden los pueblos: Gala, Mira, Vagueira, Costa Nova, Mathosinhos, Foz… y otra vez otro río, el Douro. Y una ciudad decadente de la que enamorarse.
Aquí siempre llueve y el alma pesa el doble.
Y con un atardecer en el Duero como última imagen en mi cabeza, H sigue subiendo por el noroeste de la península y yo leo a Saramago hablándole a los peces:
“Venid acá, peces, vosotros, los de la orilla derecha que estáis en el río Douro, y vosotros, los de la orilla izquierda que estáis en el río Duero. Venid acá todos y decidme en qué lengua habláis cuando ahí abajo cruzáis las acuáticas aduanas, y si también ahí tenéis pasaportes para entrar y salir. Aquí estoy yo, mirándoos desde lo alto de esta presa, y vosotros mirándome a mí, peces que vivís en esas confundidas aguas, que tan pronto estáis en una banda como en la otra, en gran hermandad de peces que sólo se comen entre sí por necesidad del hambre y no por enfados de patria. Me dais vosotros, peces, una clara lección; ojalá no la olvide yo al pasar por segunda vez en este viaje mío a Portugal, Conviene, pues, saber que de tierra en tierra he de prestar mucha atención a lo que sea igual y a lo que fuere distinto, aunque salvando, como humano es y entre vosotros igualmente se practica, las preferencias y las simpatías de este viajero, que no está ligado a obligaciones del amor universal, ni eso se le pidió. De vosotros me despido, en fin, peces, hasta otro día, e id a vuestra vida mientras por aquí no vengan pescadores. Nadad felices y deseadme buen viaje. Adiós, adiós”

M nos señaló en el mapa la ruta a seguir, y a una gallega con una sensibilidad como la suya no pensaba llevarle la contraria. El concello de Cangas es nuestra próxima parada. Cabo Udra, Limens, Aldán, Bueu… Caminar y perderse por el Parque Nacional Costa da Vela y Cabo Home en busca del Faro Rojo de Punta. Ver delfines nadar, y comer, comer mucho. Comer pulpo (claro está) pimientos de Padrón, zamburiñas. Y beber alvariño, que para eso estamos en las Rias Baixas.

Pocas sensaciones me gustan y me aterran a partes iguales como estar en una isla. Las Islas Cíes, además de ser un paraíso lleno de fauna y flora, faros y arena, tiene unas aguas absolutamente heladas. No hay escapatoria.

De camino a Costa da Morte pasamos la noche en esa ciudad donde los peregrinos encuentran su destino, pasear por su casco antiguo y toparse con la catedral bien merece una cena, y más pulpo, y más pimientos, de los que pican.

Y otra vez con el viento del océano de cara, las cascadas de Ézaro en Dumbría, el Cabo Vilán de Camariñas y su recorrido desde el cementerio de los ingleses hasta Faro Vilán. Muxía y su puerto. Galicia y su niebla.

“Nunca choveu que non escampara” (Nunca llovió que no se despejara). Dicho popular gallego.

Este no es un viaje en el que sentirse ligero: el estómago siempre lleno, las capas de ropa, la tristeza y la soledad compartida que se contagia… Y sin embargo, se encuentra placer en este estado de desánimo algo aletargado. Sin duda en otra vida fui de por aquí.

Y es que todo es diferente en esta costa, una fiesta para los sentidos: el olor a pescado en los pueblos portugueses, el sabor del marisco gallego es menos salado, la luz y las sombras son otras, sus idiomas y sus acentos, la lluvia mojándote, la temperatura del agua… M tenía razón en todo, lo que no nos contó es que los de por aquí son gentes que se hacen de querer, igual se lo calló por lo de la modestia y eso. Alojarse en Galicia es amor con mayúsculas.

Nuestro viaje termina en Fisterra, no podía ser de otra forma. Subimos hasta el Faro, y vemos esconderse el sol en el océano.
H me suelta: Te he traído al fin de la tierra. Y ahora, ¿dónde quieres que te lleve, pequeña?
Yo, con la humedad del Atlántico metida en los huesos, le digo: al Mediterráneo, a casa.

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Showing 2 comments
  • Noe
    Responder

    Ayyy pero qué bonito!! Escrito con una belleza maravillosa. Me has llevado allí por unos minutos, y ya he vuelto con saudade.

    • Jennifer
      Responder

      Hay que volver cada cierto tiempo, estamos al lado, no hay excusa :)

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